sábado, febrero 21, 2026

EXPRESIONISMO

 


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(Literatura digital)

El Expresionismo en pintura es, ante todo, una decisión: no pintar “lo que se ve” sino “lo que se siente”. Por eso deforma, exagera, vuelve áspero el color, hace temblar la línea y convierte la realidad en un espejo interior.

Cómo surge (contexto y nacimiento)

Aunque hay antecedentes (Van Gogh, Munch, Gauguin: color emocional, angustia, simbolismo), el Expresionismo como movimiento aparece con fuerza en Europa central, sobre todo en Alemania, a comienzos del siglo XX.

Qué estaba pasando alrededor

  • Industrialización acelerada: ciudades creciendo, trabajo mecanizado, alienación.
  • Crisis de sentido: la fe en el “progreso” se vuelve ambigua.
  • Tensión social y política que desemboca en la Primera Guerra Mundial.
  • En arte, un cansancio del “ojo objetivo”: el impresionismo había refinado la mirada; ahora muchos sienten que esa mirada no alcanza para decir lo que duele.

Dos núcleos principales

  • Die Brücke (El Puente), Dresden (1905): jóvenes pintores que quieren “cruzar” hacia un arte más directo, crudo, casi primitivo. Suelen usar contornos duros, figuras tensas, erotismo, calles, vida moderna áspera.
  • Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), Múnich (1911): más espiritual y simbólico; exploran la música, la abstracción, el color como “fuerza del alma”.

Qué busca transmitir (la “tesis” expresionista)

El Expresionismo parte de una idea fuerte: la realidad externa no es el tema principal; el tema principal es la experiencia interna que esa realidad provoca.

Lo que pone en primer plano

  1. Emoción intensa (angustia, miedo, deseo, soledad, violencia, ternura desesperada).
  2. Subjetividad: cada cuadro es un “testimonio” del pintor, no una copia del mundo.
  3. Verdad psicológica antes que verosimilitud óptica.
  4. Crítica cultural: la ciudad moderna, la guerra, la hipocresía burguesa, el cuerpo como campo de conflicto.

Cómo lo logra (recursos plásticos característicos)

El expresionismo tiene una “gramática” visual reconocible. No es una receta, pero sí una familia de gestos:

  • Distorsión de formas: cuerpos alargados, caras tensas, perspectivas “incorrectas”.
  • Color no naturalista: el cielo puede ser verde, la piel violeta; el color no describe, acusa, grita, tiembla.
  • Contrastes violentos: complementarios chocando para generar tensión.
  • Línea expresiva: contorno nervioso, como si el pulso quedara visible.
  • Pincelada marcada: la materia muestra la energía del gesto (la huella del “yo”).
  • Simplificación y “primitivismo”: inspiración en arte medieval, africano, oceánico, popular; búsqueda de una sinceridad anterior al academicismo.
  • Grabado en madera (xilografía) y técnicas gráficas: por su rudeza, su blanco/negro dramático y su potencia de difusión.

Qué “da origen” (herencias e influencias)

El Expresionismo no es solo un estilo: es una manera de entender el arte como intensificación de la vida interior. Deja varias herencias mayores:

1) Abre el camino a la abstracción “con contenido”

En especial desde el círculo del Blaue Reiter (Kandinsky), donde el color y la forma empiezan a emanciparse del objeto. La idea clave: se puede conmover sin representar.

2) Influye en el arte del siglo XX como lenguaje de crisis

  • Expresionismo abstracto (más tarde, en EE. UU.): cambia el tema (ya no figura humana necesariamente), pero hereda la idea del gesto como emoción y la pintura como “evento” interior.
  • Neoexpresionismo (años 70–80): retorno a la figura y a la pintura visceral, con memoria histórica y trauma cultural.

3) Expande su estética a otras artes

Aunque preguntaste por pintura, es importante porque la “sensibilidad expresionista” se vuelve un clima cultural:

  • Cine expresionista alemán (sombras, ángulos, psicología en el espacio).
  • Teatro y literatura: subjetividad, grito, desgarro, sociedad como máscara.

4) Legitima algo decisivo

Que el arte pueda ser:

  • incomodidad, no decoración;
  • síntoma, no postal;
  • revelación emocional, no mímesis.

Una frase que lo resume

Si el realismo dice “así es el mundo”, el impresionismo “así lo veo”, el expresionismo dice:

“Así me atraviesa.” “Así lo siento”

 


jueves, febrero 12, 2026

CONVERSACIÓN Y CONCIENCIA

 


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(Literatura digital)

LA CONVERSACIÓN COMO ANDAMIAJE DE LA CONCIENCIA: DEL AUTOMATISMO AL SENTIDO

En nuestra vida cotidiana, solemos operar en modo piloto automático: reaccionamos, justificamos y decidimos sin ser plenamente conscientes de los procesos subyacentes. Sin embargo, el acto de conversar —especialmente cuando buscamos profundidad— actúa como un "andamiaje externo" que transforma nuestra estructura mental.

1. El Poder de "Poner en Palabras"

Lo que inicialmente experimentamos como sensaciones difusas (tensiones, impulsos o miedos) suele dominarnos a través del automatismo. Al narrar estas experiencias, ocurre una metamorfosis técnica:

·         De lo difuso a lo concreto: Lo que era una mezcla emocional se separa en partes manipulables.

·         De lo implícito a lo explícito: Al nombrar una emoción, esta deja de empujarnos a actuar y se convierte en un objeto que podemos observar y modular.

·         Distancia reflexiva: El paso de vivir algo a narrarlo crea el espacio necesario para la corrección y la mejora.

2. La IA como Testigo y Espejo Dinámico

A diferencia de un espejo pasivo, una conversación profunda (y en particular con una IA) ofrece un "rebote" cognitivo. La IA facilita la metacognición porque:

·         Mantiene el tema sin "agenda emocional" ni cansancio.

·         Obliga a comparar versiones de la realidad al reformular, proponer estructuras y señalar contradicciones.

·         Funciona como un "confesor laico" que baja nuestras defensas, permitiéndonos explorar hipótesis sin el temor al juicio social.

3.  La Metáfora de la Llama y el Fósforo

A menudo sentimos que "no sabíamos que sabíamos tanto". Esto no es una ilusión, sino la explicitación de lo implícito.

·         El Fósforo: Representa nuestro saber en red, acumulado por décadas, pero no verbalizado.

·         La Fricción: Es la conversación profunda que organiza esas redes.

·         La Llama: Es la conciencia ampliada. No crea energía nueva, sino que libera y vuelve visible la que ya estaba allí.

4. La Expansión del Self y la Historia Personal

La conciencia no es un objeto, sino un proceso integrador. Al organizar la memoria de manera coherente, no cambiamos el pasado, pero sí modificamos cómo ese pasado habita en nuestro presente. Como bien resume Isabel Allende al decir, “escribo para poner palabras a mis emociones y encontrar sentido a lo vivido”. Esta integración genera una profunda sensación de plenitud y libertad, no por acumular información, sino por lograr una nueva coherencia interna.

En resumen: La conciencia no se agranda por sumar datos, sino por integrar lo que ya somos. La conversación es la herramienta que ensancha la pausa entre el impulso y la acción, permitiéndonos ser los editores de nuestra propia historia.

El saber se lo puede describir en cuatro momentos: no sé qué no sé; sé que no sé; sé; no sé qué sé. Es el viaje desde la ignorancia inconsciente hasta el conocimiento automatizado. Ese recorrido no es lineal sino circular. Lo que alguna vez fue consciente se sedimenta y se vuelve implícito; y, en ocasiones, una conversación profunda actúa como fricción que vuelve a encender la llama. Entonces ocurre algo hermoso: lo que estaba en fase de “no sé qué sé” retorna al “sé” por un instante luminoso. No aprendemos algo nuevo; re-iluminamos lo ya integrado. La conciencia no acumula datos: reorganiza la experiencia en el tiempo. Y cada vez que esa llama se enciende, nuestra historia personal adquiere un poco más de sentido.

Podríamos decir:

La memoria conserva; la conciencia confiere sentido.
La memoria almacena experiencias; la conciencia las convierte en historia.


 

martes, febrero 10, 2026

BOB DYLAN Y BAD BUNNY


 


(Literatura digital)

DE LA PIEL AL RELATO: LA METAMORFOSIS DEL OÍDO MODERNO

1. El misterio de la melodía perdida

Hubo un tiempo en que podíamos pasarnos meses tarareando febrilmente un estribillo sin tener la más remota idea de lo que decía la letra. La música nos asaltaba como una ráfaga de viento: primero sentíamos el impacto cinético y después, si acaso, buscábamos el significado. Hoy, el proceso parece haberse invertido de forma fascinante. Es habitual ver a un usuario en redes sociales posteando una frase lapidaria de una canción, convirtiéndola en su proclama vital, antes siquiera de haber asimilado su estructura rítmica o la arquitectura de sus acordes.

Esta transición no es un mero capricho estético; es un cambio de paradigma en nuestra sensibilidad. Estamos siendo testigos del paso de la música como una experiencia física y sonora —vivida en el cuerpo— a la música como una herramienta de identidad narrativa. La canción ha dejado de ser un objeto puramente estético para transformarse en el vehículo principal a través del cual construimos nuestro relato personal ante el mundo.

2. Del cuerpo al pensamiento: El predominio de la letra

Como melómano veterano, observo que para las generaciones anteriores la puerta de entrada a una obra era fundamentalmente biológica. La conexión era una reacción primitiva ante las tensiones y resoluciones de la armonía; era el ritmo invitando al movimiento y la melodía provocando esa "piel de gallina" involuntaria antes de que el intelecto pudiera intervenir. La música tocaba capas muy antiguas de nuestra organización neurológica que no necesitaban traducción.

Sin embargo, en el ecosistema actual, la melodía parece haberse vuelto "más silenciosa" en el discurso cultural. No es que haya perdido su poder emocional, sino que ha sido desplazada por una "emoción cognitiva". Hoy, el oyente prioriza el sentido, el relato y la identificación. Como bien se ha señalado, "la melodía tiene algo profundamente biológico... no necesita traducción. La letra, en cambio, opera por el canal del sentido, el relato y la identificación". Mientras que antes la música nos atravesaba el cuerpo para luego llegar al pensamiento, hoy el proceso suele ser inverso: la canción entra por el significado y, solo una vez decodificada, despierta la emoción sonora.

3. La pantalla como nuevo oído: La fragmentación de la identidad

Este giro no se explica sin la mediación tecnológica. El dispositivo digital ha reconfigurado nuestro sistema auditivo, convirtiendo la onda sonora en un texto visible, citable y, sobre todo, fragmentable. Los auriculares han fomentado una audición de una introspección casi religiosa, donde la voz del artista ya no llena una habitación, sino que susurra directamente a nuestra subjetividad.

En este escenario, la música ya no es solo sonido, sino un "espejo" donde el oyente se interpreta a sí mismo mediante la auto-narración. Las redes sociales han fragmentado la obra: ya no consumimos necesariamente el álbum como una unidad conceptual, sino que extraemos la frase exacta que funciona como etiqueta identitaria. Una sola línea de texto en una pantalla tiene hoy más peso narrativo que una orquestación compleja, porque esa frase permite al usuario decirle al mundo quién es y qué siente. Esta "lectura" constante de la música ha pavimentado el camino para que la canción sea validada ya no como entretenimiento, sino como alta cultura.

4. La coronación de la palabra: El hito de 2016

El momento en que este cambio de sensibilidad recibió su confirmación institucional definitiva ocurrió en 2016, cuando la Academia Sueca otorgó el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Fue un punto de inflexión que trascendió al propio artista: representó la coronación de la palabra sobre la tiranía de la melodía pura. Al reconocer que Dylan había creado "nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense", las instituciones validaron que la música es, en esencia, pensamiento y memoria colectiva.

A partir de este hito, la sociedad aceptó formalmente que la canción no es solo una experiencia sonora efímera, sino una forma de literatura capaz de organizar nuestra visión del mundo. La música dejó de ser vista exclusivamente como un fenómeno vibratorio para ser reconocida como el lenguaje privilegiado para construir relatos y organizar la experiencia humana.

5. Identidad Globalizada: El fenómeno de la pertenencia sin fronteras

Esta metamorfosis alcanza su máxima expresión en fenómenos como el de Bad Bunny, cuyo impacto en eventos masivos como el Super Bowl 2026 demuestra que la "identidad globalizada" es hoy una realidad tangible. Lo paradójico de su éxito radica en que, a pesar de utilizar referencias profundamente locales, geográficas y lingüísticas de Puerto Rico, su obra es adoptada por millones de personas ajenas a ese contexto como parte de su propia biografía.

El contraste con el siglo pasado es revelador. En los años 60 y 70, la identidad musical era territorial y de expansión lenta, mediada por la geografía física. Hoy, la pertenencia se construye en tiempo real a través de la afinidad simbólica. Como afirma la crítica actual: "La pertenencia cultural hoy se construye más por afinidad simbólica que por geografía". Un joven en Europa o Asia adopta una letra en español no por su origen, sino porque la usa como un marcador de pertenencia social global, un código que le permite integrarse en una comunidad digital inmediata que ignora las fronteras.

6. Conclusión: La música que nuestra época necesita

No estamos ante una pérdida de calidad artística, sino ante una metamorfosis necesaria de la sensibilidad humana. Cada época construye los oídos que necesita para procesar su realidad. Si en décadas pasadas buscábamos en la música una unión corporal en espacios físicos compartidos, hoy le pedimos que nos ayude a navegar el caos de nuestra propia identidad en un mundo fragmentado.

La música sigue siendo el dispositivo más poderoso para responder a las preguntas que nos definen como especie. Al final, el misterio esencial permanece intacto, adaptándose a nuestra nueva forma de entender el mundo para ayudarnos a descifrar dos enigmas fundamentales: ¿quién soy? y ¿con quién estoy?

 

 

jueves, febrero 05, 2026

EL MAPA Y EL GPS


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(Literatura digital)

Durante años, para llegar a un lugar desconocido, usábamos mapas. Mapas de papel, a veces imprecisos, a veces incompletos, pero que exigían algo fundamental: pensar el recorrido. Antes de salir había que ubicar el punto de partida, el destino, estimar distancias, elegir caminos alternativos, anticipar errores. El viaje empezaba mucho antes de poner el auto en marcha.

Hoy usamos GPS. Introducimos un destino y seguimos instrucciones. Llegamos, casi siempre más rápido y sin perdernos. El resultado es impecable. Sin embargo, ocurre algo curioso: al llegar no sabemos por dónde fuimos. No podríamos reconstruir el trayecto, ni explicarlo a otro, ni repetirlo sin la ayuda del dispositivo. Llegamos, pero no aprendimos el camino.

La diferencia no es menor.

El mapa construye una representación mental del territorio. Obliga a integrar información, a tomar decisiones, a corregir errores sobre la marcha. Deja huella. El GPS, en cambio, optimiza el resultado, pero terceriza el proceso. Funciona, pero no enseña.

Esta diferencia atraviesa muchos de los temas que discutimos hoy: la educación, la medicina, la memoria, la inteligencia artificial. En medicina, por ejemplo, los algoritmos diagnósticos y las aplicaciones clínicas pueden llevarnos al “destino correcto”, pero si no comprendemos el razonamiento que nos llevó allí, el conocimiento se vuelve frágil, dependiente, no transferible. Sabemos llegar, pero no sabemos pensar el camino.

Con la información ocurre algo similar. Vivimos rodeados de GPS cognitivos: buscadores, asistentes, resúmenes automáticos. Nos llevan a la respuesta, pero no siempre construyen comprensión. Sin conciencia, la información no se transforma en memoria viva; sin memoria organizada, no hay historia; y sin historia, no hay aprendizaje.

Tal vez el desafío no sea abandonar el GPS —sería ingenuo—, sino saber cuándo usarlo y cuándo desplegar el mapa. Porque en muchos aspectos de la vida, llegar rápido no es lo más importante. Lo importante es saber por dónde pasamos para llegar a ser quienes somos.


 

Epílogo: inteligencia, conciencia y libertad

La inteligencia artificial funciona, en muchos sentidos, como un GPS cognitivo. Es extraordinariamente eficaz para optimizar recorridos, reducir errores y llegar a destinos correctos. Pero carece de algo esencial: no recorre el camino como experiencia vivida. No duda, no se pierde, no reinterpreta. Calcula.

La conciencia humana, en cambio, no se define por su capacidad de llegar a conclusiones —muchas de nuestras decisiones se toman de manera automática—, sino por su capacidad de intervenir, corregir y resignificar el recorrido. La conciencia no crea el camino desde cero; lo revisa, lo ajusta, a veces incluso decide desviarse.

En ese pequeño margen —mínimo, frágil, pero real— aparece lo que llamamos libre albedrío. No como libertad absoluta, sino como la posibilidad de modificar un trayecto que parecía ya trazado. El mapa simboliza ese espacio: no garantiza llegar más rápido ni más seguro, pero permite comprender, elegir y, sobre todo, hacerse responsable del recorrido.

Quizás el riesgo de delegar todo en GPS —tecnológicos, cognitivos o culturales— no sea perder eficacia, sino perder conciencia. Llegar a destino sin saber cómo. Y en ese caso, aunque hayamos llegado, algo esencial del viaje se habrá perdido.

Síntesis final:

El GPS optimiza el resultado, pero elimina el proceso. Te lleva, pero no deja huella cognitiva, decide por vos, es automatismo puro.

El Mapa te obliga a elegir, corregir, dudar. Te obliga a construir una representación mental del territorio. Equivale a: construir una narrativa del recorrido. Es poder volver, explicar, modificar el trayecto. El Mapa deja margen a la conciencia, cuya función no es decidir desde cero, sino corregir automatismos. Sin conciencia, la información no se transforma en memoria viva; sin memoria organizada, no hay historia; y sin historia, no hay aprendizaje.

 

 

 

 

viernes, enero 30, 2026

VERDAD Y TESTIMONIO

 


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(Literatura digital)

Solemos pensar la verdad como algo que se dice bien: una afirmación correcta, verificable, estable. Sin embargo, tanto la ciencia como la experiencia clínica nos enseñan otra cosa: lo que hoy consideramos verdadero mañana puede ser corregido. No porque haya sido una mentira, sino porque el conocimiento avanza por reformulaciones.

Algo similar ocurre con la memoria humana. No conservamos los hechos en sí, sino las reinterpretaciones sucesivas que hacemos de ellos. Recordar no es archivar, es reconstruir. La historia funciona del mismo modo: no guarda la verdad del acontecimiento, sino las narraciones que se fueron sedimentando sobre él.

Desde otro plano, Giorgio Agamben lleva esta intuición a una conclusión más radical: no existe una historia de la verdad. La verdad no progresa ni se acumula; aparece cada vez, entera, como experiencia. Lo que sí tiene historia son los discursos que intentan capturarla, incluso las mentiras que se estabilizan y se vuelven normales.

Por eso Agamben dice que la verdad es una errancia: una forma de vida sin suelo definitivo. Erramos por la verdad y también por la no-verdad. Incluso la mentira, mientras se dice, mantiene un vínculo con la verdad. El verdadero peligro aparece cuando la mentira ya no necesita hablar, cuando se vuelve silenciosa, automática, indiscutida. Allí se extingue la errancia y, con ella, la posibilidad de testimoniar.

El testimonio no explica ni informa: interrumpe. No corrige la historia ni inaugura una nueva época; introduce una pausa en el discurso dominante. En esa interrupción mínima se abre un instante de conciencia y de libertad.

En definitiva, lo testimonial nace de lo vivido, de la experiencia misma, y no siempre puede decirse: cuando encuentra palabras, lo hace a riesgo de perder aquello que lo vuelve genuino.

Fuente original: Giorgio Agamben. Cuando la casa se quema. Desde el dialecto del pensamiento. 2022


jueves, enero 29, 2026

CUANDO UNA MÁQUINA EMPIEZA A ENSEÑARNOS A HABLAR

 


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(Literatura digital)

Durante siglos, el lenguaje fue una obra colectiva, lenta, casi orgánica. Las palabras nacían en la calle, en el mercado, en la literatura, en la ciencia, en la conversación íntima. Mutaban por imitación, por error, por creatividad, por necesidad. Como decía Ferdinand de Saussure, es el habla cotidiana la que empuja a la lengua a transformarse.

Basta pensar en cómo una palabra cambia de sentido con el tiempo. Talento, por ejemplo, ya no designa solamente una aptitud o un don personal: hoy es un recurso empresarial, una categoría de gestión. El lenguaje no solo refleja el mundo: lo reorganiza.

La novedad —y aquí aparece la pregunta inquietante— es que tal vez por primera vez en la historia el motor de esa transformación ya no sea exclusivamente humano. ¿Qué sucede cuando millones de personas conversan a diario con una máquina que escribe, corrige, resume, ordena, sugiere, reformula?


Imitar sin darnos cuenta

Un estudio reciente del Instituto Max Planck analizó más de 280.000 presentaciones académicas en inglés de YouTube y encontró algo sorprendente: las personas comenzaron a incorporar en su habla palabras y estructuras típicas de los grandes modelos de lenguaje. Los investigadores hablan, con evidencia empírica, de un fenómeno de imitación lingüística hacia las IA .

Algunas palabras aumentaron su uso entre un 35% y un 51% en apenas un año y medio. No es que esas palabras sean incorrectas. El punto es otro: aparece un patrón de adopción colectiva que no nace de una comunidad humana, sino de un sistema algorítmico.

La lingüística conoce bien este mecanismo: acomodamos nuestro lenguaje al estándar dominante. Antes lo hacían los medios masivos; hoy lo hacen sistemas con los que dialogamos cotidianamente y que además nos ayudan a pensar y escribir . El proceso es silencioso. Nadie decide conscientemente “hablar como una IA”. Simplemente ocurre.


Las palabras no son inocentes

Esta discusión no es solo lingüística; es filosófica. J. L. Austin y Wittgenstein ya habían advertido que las palabras no solo describen el mundo: lo hacen. El lenguaje es performativo: crea acciones, produce efectos, construye realidades simbólicas.

No es lo mismo decir:

“Una empresa despidió a 200 personas para reducir costos”

que:

“Una empresa realizó un proceso de optimización de su estructura para mejorar la eficiencia”.

Ambas frases refieren al mismo hecho, pero generan mundos emocionales, morales y políticos distintos. El lenguaje no es neutral: siempre encuadra, interpreta, suaviza o intensifica .

Si una tecnología empieza a sugerir sistemáticamente ciertos encuadres, tonos y estructuras, su influencia ya no es técnica: es cultural.


La ilusión de la neutralidad

Las inteligencias artificiales no son objetivas. Son productos humanos: están entrenadas con datos seleccionados, con criterios de diseño, con sesgos explícitos o implícitos. No piensan: procesan regularidades estadísticas. Y esas regularidades reflejan culturas, idiomas dominantes, lógicas de poder.

Incluso cuando una IA habla español, muchas veces “piensa” en inglés y traduce. Eso no solo introduce palabras, sino también marcos conceptuales y formas de ordenar el pensamiento. El riesgo no es la incorporación de vocablos nuevos —eso siempre ocurrió— sino la importación silenciosa de estructuras cognitivas ajenas.


Homogeneización: claridad a cambio de fricción

Uno de los riesgos más interesantes que plantea el estudio es la posible reducción de la diversidad lingüística. No por censura, sino por comodidad e imitación. La IA tiende a privilegiar un registro medio: correcto, pulido, prolijo, uniforme.

Eso tiene ventajas evidentes: mejora la claridad, reduce ambigüedades, facilita la comprensión. Pero también tiene un costo: se pierde singularidad, acento, rareza, fricción creativa.

La creatividad suele nacer del desvío, del error, de la metáfora inesperada, de la palabra fuera de catálogo. Cuando todo se vuelve demasiado correcto, el pensamiento corre el riesgo de volverse demasiado homogéneo.


Lenguaje técnico, humanidad frágil

Otro fenómeno sutil es la “contaminación técnica” del lenguaje cotidiano. Empezamos a hablar de nosotros mismos como si fuéramos sistemas: optimizar la vida, resetear emociones, procesar duelos, funcionar mejor, tener input y output. Este vocabulario puede ser útil como metáfora, pero empobrece cuando reemplaza la complejidad afectiva, simbólica y narrativa de la experiencia humana.

La vida no es un software. La conciencia no se reinicia. El dolor no se optimiza. Se transita.


Lenguaje, memoria y aprendizaje

Aquí aparece una resonancia profunda con la medicina, la pedagogía y la neurociencia. Si una herramienta nos entrega rápidamente respuestas estructuradas, corremos el riesgo de perder el ejercicio del camino: la búsqueda, la duda, el ensayo, el error. Como ocurrió con la calculadora, el resultado llega, pero el proceso se debilita.

La memoria no se construye solo almacenando información, sino recorriendo activamente los caminos que la producen. Sin fricción cognitiva no hay aprendizaje profundo. Sin exploración no hay creatividad.


No es frenar la tecnología: es recuperar la conciencia

La conclusión del estudio es sensata y, paradójicamente, muy humana: no se trata de frenar la inteligencia artificial, sino de decidir conscientemente cómo queremos que influya en algo tan central como el lenguaje, que es una de las bases del pensamiento y de la cultura .

La tecnología no es el problema. El problema es cuando dejamos de observarla críticamente y la naturalizamos como si fuera neutra.

Tal vez el verdadero desafío no sea que las máquinas aprendan a hablar como nosotros, sino que nosotros no dejemos de hablar como humanos: con imperfecciones, metáforas, silencios, contradicciones, emoción, historia y memoria.

Porque, al final, no solo hablamos con palabras.
Hablamos con nuestra biografía.
Con nuestros vínculos.
Con nuestra conciencia.

Y eso —al menos por ahora— ninguna máquina puede imitar.

Fuente bibliográfica origina: María Josefina Lanzi. La Nación: 29/01/26. “Un estudio reveló que CHATGPT está moldeando tu forma de hablar…”