(Literatura digital)
Durante años, para llegar a un lugar desconocido, usábamos mapas. Mapas de papel, a veces imprecisos, a veces incompletos, pero que exigían algo fundamental: pensar el recorrido. Antes de salir había que ubicar el punto de partida, el destino, estimar distancias, elegir caminos alternativos, anticipar errores. El viaje empezaba mucho antes de poner el auto en marcha.
Hoy usamos GPS.
Introducimos un destino y seguimos instrucciones. Llegamos, casi siempre más
rápido y sin perdernos. El resultado es impecable. Sin embargo, ocurre algo
curioso: al llegar no sabemos por dónde fuimos. No podríamos reconstruir
el trayecto, ni explicarlo a otro, ni repetirlo sin la ayuda del dispositivo.
Llegamos, pero no aprendimos el camino.
La diferencia
no es menor.
El mapa
construye una representación mental del territorio. Obliga a integrar
información, a tomar decisiones, a corregir errores sobre la marcha. Deja
huella. El GPS, en cambio, optimiza el resultado, pero terceriza el proceso.
Funciona, pero no enseña.
Esta diferencia
atraviesa muchos de los temas que discutimos hoy: la educación, la medicina, la
memoria, la inteligencia artificial. En medicina, por ejemplo, los algoritmos
diagnósticos y las aplicaciones clínicas pueden llevarnos al “destino correcto”,
pero si no comprendemos el razonamiento que nos llevó allí, el conocimiento se
vuelve frágil, dependiente, no transferible. Sabemos llegar, pero no sabemos
pensar el camino.
Con la
información ocurre algo similar. Vivimos rodeados de GPS cognitivos: buscadores, asistentes, resúmenes automáticos. Nos llevan a la respuesta, pero
no siempre construyen comprensión. Sin conciencia, la información no se
transforma en memoria viva; sin memoria organizada, no hay historia; y sin
historia, no hay aprendizaje.
Tal vez el
desafío no sea abandonar el GPS —sería ingenuo—, sino saber cuándo usarlo y
cuándo desplegar el mapa. Porque en muchos aspectos de la vida, llegar
rápido no es lo más importante. Lo importante es saber por dónde pasamos para
llegar a ser quienes somos.
Epílogo: inteligencia, conciencia y libertad
La inteligencia
artificial funciona, en muchos sentidos, como un GPS cognitivo. Es
extraordinariamente eficaz para optimizar recorridos, reducir errores y llegar
a destinos correctos. Pero carece de algo esencial: no recorre el camino
como experiencia vivida. No duda, no se pierde, no reinterpreta. Calcula.
La conciencia
humana, en cambio, no se define por su capacidad de llegar a conclusiones
—muchas de nuestras decisiones se toman de manera automática—, sino por su
capacidad de intervenir, corregir y resignificar el recorrido. La
conciencia no crea el camino desde cero; lo revisa, lo ajusta, a veces incluso
decide desviarse.
En ese pequeño
margen —mínimo, frágil, pero real— aparece lo que llamamos libre albedrío. No
como libertad absoluta, sino como la posibilidad de modificar un trayecto que
parecía ya trazado. El mapa simboliza ese espacio: no garantiza llegar más
rápido ni más seguro, pero permite comprender, elegir y, sobre todo, hacerse
responsable del recorrido.
Quizás el
riesgo de delegar todo en GPS —tecnológicos, cognitivos o culturales— no sea
perder eficacia, sino perder conciencia. Llegar a destino sin saber cómo. Y en
ese caso, aunque hayamos llegado, algo esencial del viaje se habrá perdido.
Síntesis final:
El GPS optimiza el resultado, pero elimina el proceso. Te lleva,
pero no deja huella cognitiva, decide por vos, es automatismo puro.
El Mapa te obliga a elegir, corregir, dudar. Te
obliga a
construir una representación mental del territorio. Equivale a:
construir una narrativa del recorrido. Es poder volver, explicar,
modificar el trayecto. El Mapa deja margen a la conciencia, cuya función no es decidir desde cero, sino corregir automatismos. Sin conciencia, la información no se
transforma en memoria viva; sin memoria organizada, no hay historia; y sin
historia, no hay aprendizaje.











