(Literatura digital)
Uno de los avances científicos más importantes de los últimos años
proviene de la biología sintética. Diversos laboratorios han conseguido
construir sistemas químicos artificiales capaces de realizar varias funciones
que hasta hace poco considerábamos exclusivas de los seres vivos: incorporan
nutrientes, crecen, se dividen, copian información genética y pueden evolucionar
Sin embargo, este extraordinario logro plantea una pregunta aún más
interesante:
¿Significa esto que la ciencia ya creó vida?
La respuesta, por ahora, es no.
Lo que se ha logrado construir son protocélulas o sistemas
cuasi-vivos.. Pero todavía no poseen la autonomía de una célula natural.
La vida es mucho más que una célula
La investigación reciente ha puesto de manifiesto un aspecto que suele
pasar inadvertido: una célula no puede comprenderse aislada de su entorno.
Las protocélulas actuales solo funcionan porque el laboratorio mantiene
cuidadosamente las condiciones necesarias para su existencia: temperatura, pH,
disponibilidad de nutrientes, fuentes de energía y eliminación de productos de
desecho.
En realidad, el verdadero sistema no es únicamente la protocélula, sino
la protocélula junto con el ambiente que la sostiene.
Este concepto coincide con una de las ideas centrales de la teoría de
los sistemas complejos: los sistemas vivos existen gracias al intercambio
permanente de materia, energía e información con su entorno.
El contexto sigue siendo el gran desafío
Podría decirse que la ciencia ha aprendido a construir el
"organismo", pero todavía no ha conseguido construir su
"ecosistema".
Ese es probablemente el problema científico más importante que permanece
abierto.
En otras palabras, el desafío ya no consiste solamente en fabricar una
célula, sino en crear un contexto dinámico donde esa célula pueda vivir,
adaptarse y evolucionar por sí misma.
Una definición que sigue vigente
Llama la atención que, pese a los enormes avances de la biología
sintética, continúa plenamente vigente una definición publicada hace más de
veinte años por la Enciclopedia Espasa-Calpe (2005):
"La vida es una forma especial de organización de la materia, que
se caracteriza por determinados procesos físicos y químicos que dan lugar a un
ser que puede autoorganizarse, relacionarse, reproducirse y evolucionar."
Los descubrimientos recientes no contradicen esta definición; por el
contrario, la fortalecen.
Hoy comprendemos mejor que la vida no depende de una sustancia especial,
sino de una forma particular de organización de la materia. También entendemos
que esa organización no reside únicamente dentro de la célula, sino que incluye
las relaciones permanentes con el ambiente.
Quizá el único aspecto que hoy convendría explicitar es precisamente
ese: la vida solo puede entenderse en interacción continua con su contexto.
Esta idea trasciende la biología. También ayuda a comprender por qué un individuo no puede separarse de su sociedad, una especie de su ecosistema, una empresa de su mercado o un cerebro del mundo con el que interactúa.
En todos los casos, la organización surge de las relaciones.
Reflexión final
La biología sintética nos ha acercado como nunca antes a comprender cómo
pudo surgir la vida a partir de materia no viva. Sin embargo, también
nos ha recordado una lección fundamental: la vida no es solamente una
célula, sino una organización dinámica que solo existe gracias a su permanente
interacción con el ambiente.
Paradójicamente, cuanto más avanza la ciencia, más actual parece aquella
sencilla definición de la Enciclopedia Espasa-Calpe: la vida continúa siendo,
ante todo, una forma especial de organización de la materia. Lo que hoy
sabemos es que esa organización no termina en la membrana celular; se extiende
al contexto que hace posible su existencia.
Quizá el fútbol, en tiempos de un Campeonato Mundial, nos ayude a
comprender mejor este concepto.
Un equipo campeón no gana porque reúna simplemente a los mejores
jugadores. Gana cuando esos jugadores logran organizarse como un sistema, donde
cada uno interactúa con los demás, se adapta permanentemente al rival y
aprovecha las oportunidades que ofrece el contexto del partido. La victoria no
surge de la suma de las individualidades, sino de la calidad de la organización
colectiva.
Algo semejante ocurre con la vida.
Una célula no es solo un conjunto de moléculas, del mismo modo que un
equipo no es solo un conjunto de futbolistas. Lo verdaderamente importante son
las relaciones que se establecen entre sus componentes y con el ambiente que
los rodea.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más profundas de la ciencia
contemporánea: la organización vence al caos. En el fútbol puede
conducir a la conquista de una Copa del Mundo; en la naturaleza, hace más de
tres mil quinientos millones de años, permitió que la materia diera un paso
extraordinario y comenzara la fascinante historia de la vida.
En ambos casos, el éxito no depende únicamente de la calidad de los
componentes, sino de la capacidad de construir una organización que interactúe
eficazmente con un entorno cambiante. Esa es, probablemente, una de las grandes
lecciones compartidas entre la biología y el deporte.


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