La serie televisiva Fringe
—estrenada en Estados Unidos en 2008— tenía una virtud narrativa particular: no
inventaba la ciencia desde la nada, sino que tomaba fenómenos reales y los
empujaba hasta el borde de lo posible. De allí su título: Al límite.
En el episodio 5 de la
primera temporada, titulado “Power Hungry”, aparece Joseph Meegar, un
hombre capaz de alterar sistemas eléctricos con su propio cuerpo. La ficción lo
presenta como una especie de generador humano involuntario, alguien cuya carga
emocional se transforma en perturbación electromagnética.
La pregunta interesante es:
¿hay algo real detrás de esa idea?
La respuesta es sí, aunque
en una escala infinitamente menor. El cuerpo humano produce señales eléctricas
y magnéticas. El corazón, por ejemplo, genera corrientes eléctricas que
registramos mediante el electrocardiograma. Pero esas mismas corrientes producen
también campos magnéticos muy débiles, que pueden registrarse mediante una
técnica llamada magnetocardiografía.
El magnetocardiograma no era
ficción en 2008. Ya existía desde décadas antes, aunque requería equipos muy
sensibles, como los sensores SQUID, capaces de detectar campos magnéticos
extremadamente pequeños. Es decir: Fringe exageraba, pero no partía de una
fantasía absoluta.
Algo parecido ocurre con las
palomas del episodio. Walter Bishop utiliza palomas para localizar a Joseph
Meegar, apoyándose en la idea de que estos animales pueden orientarse por
campos magnéticos. En la realidad, las palomas poseen mecanismos de navegación
extraordinarios: combinan la posición del sol, olores, memoria visual y
posiblemente magnetorrecepción, una especie de brújula biológica vinculada al
campo magnético terrestre.
La ficción consiste en
suponer que podrían detectar la “firma electromagnética” individual de una
persona. Pero la base biológica —la orientación magnética animal— es real.
Y aquí aparece el salto más
inquietante: la tecnología actual denominada, según reportes periodísticos, Ghost
Murmur. Se la describe como un sistema capaz de detectar latidos cardíacos
humanos a distancia, supuestamente utilizado para localizar a un soldado
estadounidense en Irán. La idea combina magnetometría cuántica, sensores
ultrasensibles e inteligencia artificial para separar la señal cardíaca del
ruido ambiental.
Conviene ser prudentes:
Ghost Murmur no está públicamente verificado en todos sus detalles. Su
fundamento físico es real: el corazón genera campos magnéticos. Pero detectar
esos campos a gran distancia plantea enormes dificultades, porque la señal
cardíaca es extremadamente débil y se pierde fácilmente entre el ruido
electromagnético del ambiente.
Sin embargo, el concepto
resulta fascinante: aquello que en Fringe parecía una licencia narrativa
—seguir a una persona por su huella electromagnética— empieza a parecer una
pregunta tecnológica real.
La ciencia no convierte toda
ficción en realidad, pero muchas veces la ficción funciona como una
anticipación poética de preguntas que la ciencia luego intenta responder.
En Fringe, las palomas
seguían a un hombre por una señal imposible.
En la realidad, la tecnología intenta escuchar algo mucho más humilde y
profundo: un corazón que todavía late.


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