En noviembre de 2009 publiqué en este blog una
reflexión sobre los Sistemas Adaptativos Complejos. Diecisiete años
después resulta interesante preguntarnos cuánto conservan de vigencia aquellas
ideas y qué ha agregado la ciencia desde entonces.
La conclusión principal es que los
conceptos fundamentales continúan plenamente vigentes: organización,
relación, emergencia, autoorganización, adaptación, retroalimentación, no
linealidad e incertidumbre. Lo que ha cambiado es nuestra capacidad para observar,
medir y modelizar esas relaciones, gracias al desarrollo de la ciencia de
redes, los grandes volúmenes de datos y, más recientemente, la inteligencia
artificial.
Del
pensamiento simple al pensamiento complejo
El pensamiento simple intenta comprender la
realidad separándola en partes y estableciendo relaciones relativamente
lineales:
A → B → C
Este procedimiento ha sido fundamental para el
desarrollo de la ciencia. El problema aparece cuando suponemos que comprender
cada parte equivale necesariamente a comprender el conjunto.
El pensamiento complejo, desarrollado
especialmente por Edgar Morin, no propone abandonar el análisis, sino distinguir
sin separar y volver a relacionar lo que hemos dividido para estudiarlo:
A ↔ B ↔ C ↔ D ↔ A
En un sistema complejo los componentes
interactúan, se modifican mutuamente y generan propiedades nuevas.
Dos palabras resultan fundamentales:
ORGANIZACIÓN y RELACIÓN.
Emergencia:
cuando aparece algo nuevo
Una de las propiedades fundamentales de los
sistemas complejos es la emergencia.
Las moléculas que constituyen una célula,
consideradas aisladamente, no están vivas. Sin embargo, organizadas de
determinada manera y manteniendo una red dinámica de relaciones, constituyen un
organismo vivo.
De manera semejante, una neurona aislada no
posee nuestros recuerdos ni nuestra conciencia. Estas propiedades emergen de la
actividad organizada de enormes redes neuronales.
Por eso, el todo no puede comprenderse
simplemente sumando las partes. Importa también cómo están organizadas y
cómo se relacionan.
La vida
lejos del equilibrio
Imaginemos un vaso de agua con un cubito de
hielo. Existe inicialmente una diferencia de temperatura. El hielo se
derrite y finalmente todo alcanza una temperatura uniforme: el sistema llegó al
equilibrio termodinámico.
Un organismo vivo hace exactamente lo
contrario. Mantiene permanentemente diferencias de concentración, potenciales
eléctricos, metabolismo e intercambios de materia y energía.
Si un organismo vivo alcanzara un verdadero
equilibrio termodinámico con su ambiente, estaría muerto.
Mientras el vaso con agua y hielo evoluciona
espontáneamente hacia el equilibrio, la vida utiliza continuamente energía
para mantenerse lejos de él.
¿Qué agregó
la ciencia desde 2009?
Los conceptos fundamentales permanecieron,
pero la ciencia de la complejidad avanzó considerablemente.
Hoy sabemos que las redes no solamente
condicionan el comportamiento de sus componentes: los componentes también
modifican las redes. Estructura y comportamiento evolucionan conjuntamente.
Además, actualmente se estudian las llamadas interacciones
de orden superior. No todas las relaciones ocurren simplemente entre dos
elementos —A ↔ B—; muchas propiedades aparecen cuando varios componentes
interactúan simultáneamente.
También se intenta medir matemáticamente la
emergencia y estudiar cómo circula, se almacena y se combina la información
dentro de los sistemas.
Y apareció una herramienta extraordinariamente
poderosa: la inteligencia artificial. El aprendizaje automático permite
descubrir patrones, relaciones y estructuras en enormes cantidades de datos que
resultaría muy difícil detectar mediante los métodos tradicionales.
Podríamos resumir esta evolución así:
2009:
Partes → relaciones → redes → autoorganización
→ emergencia → adaptación
2026:
Partes → redes dinámicas → interacciones
múltiples → flujo de información → emergencia → adaptación → aprendizaje
Una nueva
manera de mirar la realidad
El pensamiento complejo no reemplaza al
pensamiento simple. Necesitamos separar para estudiar, pero necesitamos
volver a relacionar para comprender.
Esto resulta particularmente evidente en
medicina. Podemos estudiar separadamente el corazón, el cerebro, los riñones,
el sistema inmunológico, los genes o el ambiente, pero el ser humano real
funciona como una totalidad dinámica donde todos esos niveles interactúan.
Por eso, diecisiete años después, mantendría
prácticamente intacta la idea central de aquella publicación de 2009, pero
agregaría algo: la ciencia actual dispone de herramientas cada vez más
poderosas para estudiar y cuantificar aquello que entonces describíamos
principalmente de manera conceptual.
La ciencia de la complejidad está avanzando
desde la intuición de que “el todo no se explica simplemente por las partes”
hacia la posibilidad de investigar cómo, cuándo y por qué emergen propiedades
nuevas de sus interacciones.
Y después de todos estos avances, sigo
encontrando dos palabras capaces de resumir buena parte del pensamiento
complejo:
ORGANIZACIÓN
y RELACIÓN.
La realidad no está constituida solamente por cosas,
sino por cosas que se relacionan.
Y fenómenos tan extraordinarios como la
vida, la mente, la memoria o la enfermedad quizá no puedan localizarse
completamente en ninguna de sus partes porque, en buena medida, emergen de
la organización dinámica de sus relaciones.


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