(Literatura digital)
Salimos
temprano. El trayecto hasta el colegio dura unos treinta minutos, un tiempo que
para un adulto suele ser apenas tránsito, semáforos y pensamientos dispersos.
Pero cuando uno viaja con un niño curioso, ese mismo trayecto puede convertirse
en algo parecido a una expedición intelectual.
Apenas
arrancamos, Santi empezó a hablar.
Primero
apareció el cerebro.
Después la mente.
Luego el universo.
En pocos
minutos ya estábamos discutiendo sobre el infinito, los agujeros
negros, y cómo sabemos que la Tierra se mueve si nosotros no
sentimos ese movimiento. En algún momento mencionó a la NASA, a Elon
Musk y a los autos Tesla, como si todos formaran parte de la misma
conversación natural.
Lo interesante
es que para él realmente lo eran.
En la mente de
un niño, la ciencia, la tecnología y la vida cotidiana todavía no se han
separado en compartimentos como en los libros escolares. Todo pertenece al
mismo mundo que está intentando comprender.
Mientras
avanzábamos, Santi miraba por la ventanilla y también observaba el tránsito con
atención. En un momento empezó a rapear al ritmo de una música que sonaba en la
radio. Improvisaba frases donde, con bastante humor, insinuaba que yo me había
equivocado de camino porque los semáforos de esa avenida duran poco en verde y
generan largas colas.
—Este no es el
camino habitual —me dijo después—. Acá me da el sol en los ojos.
La observación
era correcta.
Entre semáforo
y semáforo también hubo tiempo para hablar de River y de cómo selecciona
jugadores en la Liga Correntina de fútbol, y de una compañera de grado
que, según él, sabe más que la maestra en algunas cosas, especialmente en inglés.
Cuando nos
detuvimos en un semáforo largo, suspiró con cierto pesar:
—Ya no voy a
tener tiempo de jugar una partida de ajedrez antes de entrar al grado.
Ese comentario,
dicho casi al pasar, revelaba otra cosa: para él el ajedrez no era una obligación
escolar sino algo que realmente quería hacer.
Finalmente
llegamos.
El colegio
apareció detrás de los árboles como aparece siempre: de golpe, cuando uno se da
cuenta de que el viaje terminó.
Santi abrió la
puerta, se bajó del auto, y antes de cerrar dijo simplemente:
—Chau, Abuelo.
Se fue
caminando hacia la entrada con la mochila un poco grande para su espalda y la
cabeza seguramente llena de preguntas nuevas.
Mientras lo
veía entrar al colegio pensé que, en esos treinta minutos de conversación
aparentemente trivial, había asistido en silencio a uno de esos momentos
discretos en los que una mente joven empieza a construir su propio universo. Y
comprendí que quizá la tarea más importante de un abuelo no sea enseñar
respuestas, sino simplemente estar allí cuando las primeras grandes preguntas
comienzan a aparecer.
Y comprendí
algo que los adultos olvidamos con frecuencia:
la infancia es
el único momento de la vida en que todo el universo cabe en una conversación de
media hora camino al colegio.


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