sábado, marzo 14, 2026

TREINTA MINUTOS CON SANTI CAMINO AL COLEGIO

 


PODCAST


(Literatura digital)

Salimos temprano. El trayecto hasta el colegio dura unos treinta minutos, un tiempo que para un adulto suele ser apenas tránsito, semáforos y pensamientos dispersos. Pero cuando uno viaja con un niño curioso, ese mismo trayecto puede convertirse en algo parecido a una expedición intelectual.

Apenas arrancamos, Santi empezó a hablar.

Primero apareció el cerebro.
Después la mente.
Luego el universo.

En pocos minutos ya estábamos discutiendo sobre el infinito, los agujeros negros, y cómo sabemos que la Tierra se mueve si nosotros no sentimos ese movimiento. En algún momento mencionó a la NASA, a Elon Musk y a los autos Tesla, como si todos formaran parte de la misma conversación natural.

Lo interesante es que para él realmente lo eran.

En la mente de un niño, la ciencia, la tecnología y la vida cotidiana todavía no se han separado en compartimentos como en los libros escolares. Todo pertenece al mismo mundo que está intentando comprender.

Mientras avanzábamos, Santi miraba por la ventanilla y también observaba el tránsito con atención. En un momento empezó a rapear al ritmo de una música que sonaba en la radio. Improvisaba frases donde, con bastante humor, insinuaba que yo me había equivocado de camino porque los semáforos de esa avenida duran poco en verde y generan largas colas.

—Este no es el camino habitual —me dijo después—. Acá me da el sol en los ojos.

La observación era correcta.

Entre semáforo y semáforo también hubo tiempo para hablar de River y de cómo selecciona jugadores en la Liga Correntina de fútbol, y de una compañera de grado que, según él, sabe más que la maestra en algunas cosas, especialmente en inglés.

Cuando nos detuvimos en un semáforo largo, suspiró con cierto pesar:

—Ya no voy a tener tiempo de jugar una partida de ajedrez antes de entrar al grado.

Ese comentario, dicho casi al pasar, revelaba otra cosa: para él el ajedrez no era una obligación escolar sino algo que realmente quería hacer.

Finalmente llegamos.

El colegio apareció detrás de los árboles como aparece siempre: de golpe, cuando uno se da cuenta de que el viaje terminó.

Santi abrió la puerta, se bajó del auto, y antes de cerrar dijo simplemente:

—Chau, Abuelo.

Se fue caminando hacia la entrada con la mochila un poco grande para su espalda y la cabeza seguramente llena de preguntas nuevas.

Mientras lo veía entrar al colegio pensé que, en esos treinta minutos de conversación aparentemente trivial, había asistido en silencio a uno de esos momentos discretos en los que una mente joven empieza a construir su propio universo. Y comprendí que quizá la tarea más importante de un abuelo no sea enseñar respuestas, sino simplemente estar allí cuando las primeras grandes preguntas comienzan a aparecer.

Y comprendí algo que los adultos olvidamos con frecuencia:

la infancia es el único momento de la vida en que todo el universo cabe en una conversación de media hora camino al colegio.


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