(Literatura digital)
Cuando
observamos el mundo —un hecho histórico, un recuerdo personal, un paciente, una
escena cotidiana— no partimos nunca de cero. Siempre miramos desde algo
que ya creemos, desde una experiencia previa, desde una historia que nos
habita.
A eso se lo
llama probabilidad previa:
no es una certeza, sino una expectativa inicial, una hipótesis con la que
salimos a mirar la realidad.
El pensamiento
bayesiano, formulado matemáticamente en el siglo XVIII por el monje y
matemático Thomas Bayes, puso en ecuaciones algo profundamente humano:
conocer no es confirmar verdades, sino ajustar creencias.
La idea central
es simple y cotidiana:
creemos algo →
observamos algo nuevo → ajustamos lo que creíamos
La observación
no borra lo anterior: lo modifica.
El conocimiento no avanza por reemplazo, sino por actualización.
El gráfico
bayesiano que acompaña este texto ilustra ese proceso.
La curva de la probabilidad previa representa lo que creemos antes de
observar: nuestras expectativas, nuestra experiencia, nuestros supuestos
iniciales.
La curva de la observación muestra la realidad tal como se nos presenta,
siempre con algo de ruido e imprecisión.
Y la curva de la probabilidad posterior expresa el resultado de ese
encuentro: una creencia ajustada, más informada, pero nunca definitiva.
En ese cruce
aparece una palabra que suele sonar técnica, pero que usamos todo el tiempo sin
notarlo: verosimilitud.
La verosimilitud no pregunta si algo es verdad, sino algo mucho más simple:
si esto fuera
cierto… ¿tendría sentido lo que estoy viendo?
En la vida
diaria lo decimos de otro modo:
“esto cierra”,
“tiene lógica”,
“algo no me convence”.
Ahora bien, no
todo dato que “cierra” tiene el mismo peso.
Aquí aparece un concepto clave del pensamiento bayesiano: el Likelihood
Ratio (razón de verosimilitudes).
El Likelihood
Ratio no pregunta “¿esto es verdad?”, sino algo más prudente y más
honesto:
“Este dato que
acabo de ver, ¿cuánto debería cambiar lo que yo creía antes?”
Algunos datos
empujan fuerte nuestras creencias; otros apenas las mueven.
El Likelihood Ratio mide justamente eso: la fuerza real de un dato para
modificar una idea previa.
Esto lo
diferencia del Valor Predictivo Positivo (VPP), que responde a otra
pregunta distinta:
“Ahora que el
resultado es positivo, ¿qué probabilidad hay de que sea cierto?”
El VPP depende
mucho del contexto: de cuán frecuente sea el fenómeno, del lugar, de la
población.
El mismo dato puede tener un VPP alto en un contexto y bajo en otro.
El Likelihood
Ratio, en cambio, es más estable y más honesto, porque no se deja llevar
por el contexto:
mide el peso propio del dato, no el entusiasmo que genera.
Por eso es el verdadero puente entre la probabilidad previa y la probabilidad
posterior.
Esta lógica no
vale solo para la ciencia.
En Historia, no observamos los hechos, sino sus huellas: documentos,
relatos, silencios. Cada nueva fuente no reemplaza la interpretación previa, la
ajusta. Por eso la Historia no dice “esto fue así”, sino: esto es hoy lo más
probable que haya ocurrido.
Y vale también
para la memoria personal. Recordar no es abrir un archivo intacto, sino
reconstruir el pasado desde el presente. Cada recuerdo nuevo puede reforzar lo
que ya creíamos de nuestra historia, o tensionarlo y obligarnos a matizarlo.
Por eso dos personas pueden recordar lo mismo de manera distinta, sin que una
mienta: actualizaron de modo diferente sus creencias internas.
El pensamiento
bayesiano introduce, en el fondo, una ética del conocimiento:
no confundir probabilidad con verdad,
no convertir una interpretación en dogma,
aceptar que toda certeza es provisoria.
Conocer no es
alcanzar certezas, sino aprender a ajustar lo que creemos.
Dudar no empobrece el pensamiento: lo afina.
Y cambiar de opinión no es un error, sino una forma de fidelidad a la
experiencia.
Tal vez pensar
así no nos acerque a la verdad definitiva,
pero sí a una comprensión más honesta y más humana.



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