(Literatura digital)
Cuando me
preguntan qué hago después de jubilarme como docente universitario, contesto
sin demasiadas vueltas: escribo.
La respuesta
suele sorprender. Tal vez porque durante toda mi vida profesional nunca me
consideré un “escritor por placer”. No escribí en ratos libres, ni como hobby,
ni como forma de evasión. Siempre escribí ligado a mi profesión: como médico y
como docente universitario. Historias clínicas, clases, apuntes, evaluaciones,
reflexiones académicas. Escritura con función, con destinatario, con
obligación.
Hoy escribo
distinto. No porque haya cambiado mi historia, sino porque cambió el lugar
desde donde escribo.
Con el tiempo
fui comprendiendo algo simple pero decisivo: toda escritura se apoya en dos
ejes básicos
1.
La forma
2.
El contenido
Durante años
trabajé ambos sin pensarlo demasiado, casi de manera intuitiva. Hoy, ya sin
urgencias institucionales, puedo mirarlos con más conciencia.
La forma
es la arquitectura del texto. Es el orden, el ritmo, el párrafo que respira, la
puntuación que guía, el título que orienta. La forma no es adorno: es
hospitalidad. Es la manera en que uno recibe al lector.
En ese aspecto, herramientas como Word me resultaron fundamentales. No porque
escriban por mí, sino porque me permiten revisar, corregir, mover, ajustar.
Me devuelven algo muy médico: la posibilidad de volver sobre lo hecho y
mejorarlo. La escritura como proceso, no como acto definitivo.
El contenido,
en cambio, tiene que ver con lo que quiero decir, pero también con cómo se
ordena lo que pienso. Y acá aparece una novedad impensada en otros tiempos: la
inteligencia artificial conversacional.
No la vivo como
un reemplazo, ni como una delegación del pensamiento. La vivo como un interlocutor.
Alguien que me ayuda a arrancar, a ordenar ideas, a explorar registros
distintos, a convertir intuiciones en texto. La IA no pone la experiencia; esa
viene de años de medicina, docencia, lecturas y vida. Pero sí ayuda a darle
forma verbal a lo que ya está.
La combinación
de estas dos herramientas —una que cuida la forma y otra que acompaña el
contenido— me permitió algo que no había previsto: descubrir una nueva
pasión en la adultez mayor.
No se trata de
“matar el tiempo”. Al contrario. Se trata de habitarlo. De transformar el ocio
en algo productivo, no en términos de rendimiento, sino de sentido. Escribir se
volvió un espacio propio, elegido, sin evaluaciones ni programas oficiales. Un
lugar donde sigo siendo médico y docente, pero sin el peso del rol, solo con la
responsabilidad de ser fiel a mi mirada.
Durante años
escribí porque debía.
Hoy escribo porque puedo.
Y en ese
pequeño desplazamiento encontré algo valioso: una manera de seguir pensando,
compartiendo y aprendiendo, ahora como autor de mi propio tiempo.


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