(Literatura digital)
Las grandes transformaciones culturales no nacen del impacto inmediato de una idea brillante, sino de un lento proceso de incubación invisible.
No son las ideas, por sí solas, las que cambian una cultura, sino las condiciones que les permiten volverse necesarias.
Cuando una idea logra tocar una necesidad humana profunda y, en un determinado contexto histórico, encuentra un punto de apoyo simultáneo en el orden económico y en el sistema simbólico que le da sentido y legitimidad, se vuelve capaz de producir una transformación histórica duradera.
Cuando hablo de sistema simbólico no me refiero solamente a la religión o a una ideología explícita, sino al entramado de narrativas, valores, lenguajes, prácticas e instituciones que una sociedad utiliza para darle sentido, legitimidad y orientación a su experiencia del mundo. Es un sistema invisible, aprendido por inmersión más que por enseñanza formal, que organiza lo que una cultura considera posible, deseable y verdadero.
Desde mi propia experiencia vital, lejos de percibir una decadencia generalizada, tengo la sensación profunda de que hoy se vive mejor que en el pasado, aun reconociendo los conflictos, desigualdades y nuevas incertidumbres. La historia humana parece mostrar, no una línea recta, sino una tendencia persistente a aprender de sus errores, a ampliar derechos, a refinar cuidados y a complejizar sus sistemas de convivencia. Ese optimismo moderado, no ingenuo, también forma parte de mi propio sistema simbólico.
Cuando pienso en la tendencia de la cultura a mejorar, no lo hago en
abstracto. Pienso en Tomi, en Santi, en Joaquina y también en Justina, la más
pequeña, apenas comenzando a habitar el mundo. Ellos encarnan ese futuro al
que, silenciosamente, las ideas, las instituciones y los sistemas simbólicos
les están preparando un escenario de vida. Comprender cómo se gestan esas
transformaciones invisibles es, en el fondo, una forma de responsabilidad
intergeneracional.


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