Una lectura humanista del Evangelio de Lucas
Cuando uno se
acerca al Evangelio de Lucas sin anteojeras dogmáticas, aparece algo muy
interesante: no tanto un tratado religioso sobre la salvación del alma, sino
una profunda reflexión sobre la vida humana, la convivencia y el modo en que
nos tratamos unos a otros.
Lucas narra
biografías concretas: pobres, enfermos, extranjeros, mujeres invisibilizadas,
ricos desorientados, caminantes cansados. No idealiza al ser humano; lo muestra
frágil, incompleto, contradictorio. Y es precisamente ahí donde introduce su
gran intuición: cuando la vida humana es atravesada por la misericordia, puede
transformarse en un lugar de salvación, de alegría y de recomposición del
sentido.
Pero ¿qué
entendemos por misericordia?
La palabra, tal
como la usamos hoy, está cargada de resonancias religiosas, morales y hasta
piadosas. Sin embargo, su origen bíblico es mucho más corporal y humano. En el
hebreo antiguo, la raíz rajám remite al vientre materno, a las entrañas,
a una reacción visceral de cuidado frente a la fragilidad del otro.
Misericordia no era una idea: era una experiencia física de conmoción y
protección. Otra raíz, jésed, incorporó la dimensión del compromiso, de
la fidelidad al vínculo, de la lealtad sostenida en el tiempo.
Cuando estas
palabras fueron traducidas al griego y luego elaboradas por la teología, fueron
perdiendo parte de su espesor corporal y relacional, y se volvieron progresivamente
conceptos morales y atributos divinos. Allí nace la ambigüedad: una palabra que
originalmente hablaba de cuerpos, vínculos y cuidado concreto terminó
asociándose casi exclusivamente al perdón celestial y a la salvación
trascendente.
Lucas, sin
embargo, conserva algo esencial de esa raíz encarnada. La misericordia en su
Evangelio no se define por conceptos, sino por escenas: un extranjero que se
detiene ante un herido, un padre que corre a abrazar a su hijo, una mesa
compartida con excluidos, un cuerpo tocado cuando la norma lo prohíbe. La
misericordia no se piensa: se vive.
Desde allí, es
posible leer a Lucas en doble registro. Por un lado, en clave religiosa, la
misericordia aparece como atributo de Dios: un amor gratuito que restaura,
perdona y vuelve a empezar. Por otro lado —y esto es lo más potente— se
convierte en una ética humana concreta: reconocimiento del otro como plenamente
digno, desarme de jerarquías degradantes, hospitalidad, inclusión, reparación
de vínculos, cuidado cotidiano.
La
misericordia, traducida a un lenguaje contemporáneo, podría llamarse también
humanidad activa, reconocimiento radical, respeto profundo, cuidado del otro,
ética de la convivencia. No como ideal abstracto, sino como práctica encarnada,
terrenal, cotidiana, sin expectativa de recompensa.
En este marco,
surge una pregunta inevitable: ¿los actos misericordiosos demuestran la
existencia de Dios? La respuesta honesta es no, al menos no en sentido lógico o
científico. Un gesto humano puede ser interpretado como altruismo, empatía,
cultura, biología o espiritualidad, según el marco del observador. No obliga a
ninguna conclusión metafísica. Pero sí puede funcionar como signo o testimonio
para quien ya está abierto a una lectura espiritual: no prueba a Dios, pero puede
volverlo imaginable o creíble. En todo caso, la misericordia no prueba a Dios;
prueba a la humanidad.
Aquí aparece
otra distinción clave: la espiritualidad no opera en el mismo plano que el
conocimiento racional. No es demostración ni argumento. Es experiencia vivida:
resonancia emocional, sensación de coherencia, gratitud, reconciliación,
sentido. No es irracional, pero sí pre-racional o trans-racional. Pertenece al
territorio de lo vivido, no de lo calculado.
Dicho de otro
modo: podemos comprender la misericordia como una práctica humana que mejora la
convivencia, dignifica a las personas y transforma la vida cotidiana,
independientemente de cualquier creencia religiosa. Y, al mismo tiempo, quien
lo desee puede leer en esa experiencia una dimensión espiritual, como una
interpretación de sentido, no como una prueba.
Quizás ahí resida la vigencia profunda
del Evangelio de Lucas: no en imponer una doctrina, sino en recordarnos que la
vida se humaniza cuando el otro deja de ser un objeto, un enemigo o un problema,
y vuelve a ser un rostro, una historia, una dignidad.
Es tentador
preguntarse si la fuerte valoración de la empatía y la compasión que aparece en
Lucas no está influida por el clima cultural del mundo griego, particularmente
por el estoicismo, que impregnaba buena parte de la educación y de la
sensibilidad moral de la época. En efecto, hay resonancias claras: el
universalismo humano, la idea de una fraternidad que trasciende fronteras, la
crítica al apego al poder y a la riqueza, y la concepción de la ética como una
forma concreta de vida. Sin embargo, la distancia también es profunda. Mientras
el ideal estoico privilegia la autosuficiencia racional y la imperturbabilidad
frente al sufrimiento, Lucas coloca en el centro la vulnerabilidad, la conmoción
afectiva y el cuidado del otro como motor ético. Más que un evangelista
“estoico”, Lucas parece dialogar con esa cultura sin quedar atrapado en ella,
manteniendo una mirada profundamente encarnada, relacional y humana, quizá
también afinada por una sensibilidad clínica hacia el dolor y la fragilidad. En
ese cruce entre cultura helenística y experiencia concreta, la misericordia
deja de ser una abstracción moral y se vuelve una práctica viva de humanidad.
🌿 Interludio narrativo
Un diálogo imaginario entre Lucas y un estoico
A veces una
idea se entiende mejor cuando deja de ser concepto y se vuelve escena. Imagino
a Lucas conversando con un filósofo estoico, en algún pórtico del Mediterráneo.
—Estoico:
Dices que tu enseñanza se apoya en la compasión. ¿No temes que las emociones
perturben el juicio?
—Lucas:
No hablo de una emoción que nubla la razón, sino de algo que nace en las
entrañas. Cuando uno ve al herido y no se conmueve, algo esencial de lo humano
se endurece.
—Estoico:
El sabio busca serenidad. La imperturbabilidad protege la libertad interior.
—Lucas:
De acuerdo. Pero si esa serenidad nos vuelve impermeables al dolor ajeno, ¿no
roza la indiferencia?
—Estoico:
Creemos que todos los hombres comparten la misma razón. Somos ciudadanos del
mundo.
—Lucas:
Ahí coincidimos. Pero la fraternidad no se prueba en una idea, sino en un
gesto: detenerse, tocar, hacerse cargo.
—Estoico:
El deber basta, aun sin afecto.
—Lucas:
A veces el afecto despierta el deber. El cuerpo entiende antes que el
razonamiento.
—Estoico:
Buscamos autosuficiencia.
—Lucas:
Yo observo interdependencia. Nadie se salva solo.
—Estoico:
¿No es peligroso dejarse afectar tanto?
—Lucas:
Tal vez. Pero también es peligroso no dejarse afectar nunca. La vida se vuelve
más segura… y menos humana.
Permanecen unos
segundos en silencio.
—Estoico:
Quizás buscamos lo mismo con lenguajes distintos.
—Lucas:
Tal vez. Solo que yo creo que la dignidad no se piensa solamente: se toca.
Este breve
intercambio sintetiza la cercanía y la distancia entre ambos mundos: un mismo
anhelo de dignidad humana, pero dos caminos distintos. El estoico privilegia la
autosuficiencia racional; Lucas coloca en el centro la vulnerabilidad
compartida y el cuidado concreto del otro.
🌿 Llegando a los tiempos actuales y pensando en la formación académica del médico de familia moderno, es posible reconocer una doble herencia cultural que convive, muchas veces sin hacerse explícita. Por un lado, una fuerte impronta del pensamiento estoico: el valor de la racionalidad, el autocontrol emocional, la templanza frente a la incertidumbre, la capacidad de decidir bajo presión y la responsabilidad frente al deber profesional. Por otro, una sensibilidad profundamente humanista, cercana a la mirada de Lucas: la centralidad de la empatía, la atención a la fragilidad concreta de las personas, la escucha, el cuidado del vínculo, la dignidad del paciente más allá del diagnóstico y la comprensión de la medicina como una práctica relacional antes que meramente técnica. Entre la serenidad del estoico y la compasión encarnada de Lucas se configura una de las tensiones más fecundas de la medicina contemporánea: sostener la lucidez clínica sin perder la humanidad del encuentro.


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