domingo, enero 11, 2026

¿QUÉ NOS HACE HUMANOS?

 


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(Literatura digital)

La pregunta parece simple, casi infantil. Y, sin embargo, cuando uno la toma en serio, abre un campo inmenso: biología, cultura, lenguaje, moral, historia, espiritualidad. No somos solamente un organismo más en la escala evolutiva, pero tampoco somos una excepción mágica fuera de la naturaleza. Somos, más bien, una extraña combinación de herencia biológica, transmisión cultural y construcción de sentido.

Un texto reciente que leí propone una respuesta interesante desde dos perspectivas complementarias. Por un lado, la mirada científica de autores como Mark Pagel y Michael Gazzaniga; por otro, la mirada humanista del Evangelio de Lucas. Ambas parecen hablar idiomas distintos, pero en realidad se necesitan mutuamente.

Desde el punto de vista evolutivo, la tesis es clara: la cultura nos hizo humanos. Cultura no entendida como arte o refinamiento, sino como algo mucho más elemental y poderoso: la capacidad de transmitir conocimientos, habilidades y tecnologías entre personas y generaciones. A diferencia de otros animales, los humanos no empezamos cada vida desde cero. Heredamos una memoria colectiva: herramientas, lenguajes, prácticas, normas, saberes. Vivimos apoyados en lo que otros ya descubrieron antes.

Esta transmisión cultural se sostiene sobre dos grandes pilares.

El primero es el aprendizaje social: la capacidad de observar, imitar, corregir y perfeccionar lo que hacen los demás. No solo copiamos gestos o conductas simples; copiamos técnicas complejas, formas de organización, modos de resolver problemas. Cada generación no repite la historia: la continúa.

El segundo pilar es la teoría de la mente: la capacidad de atribuir al otro una vida interior. Entendemos que el otro tiene intenciones, deseos, miedos, creencias. Esta capacidad nos permite cooperar, confiar, enseñar, anticipar conductas, construir vínculos duraderos. Sin ella no habría sociedad propiamente dicha, sino apenas convivencia biológica.

Estos dos mecanismos explican por qué la especie humana desarrolló una cultura acumulativa, expansiva, creativa. Desde esta mirada, lo humano se define por una arquitectura cognitiva que hace posible la transmisión simbólica y la cooperación compleja.

Pero aquí aparece una pregunta incómoda:
¿alcanza con esto para decir que somos verdaderamente humanos?

La historia muestra que una cultura altamente desarrollada puede coexistir con la violencia, la exclusión, la crueldad, la deshumanización. Podemos transmitir técnicas sin transmitir humanidad. Podemos educar sin formar personas. Podemos ser eficientes sin ser justos.

Es aquí donde la mirada de Lucas introduce otra dimensión decisiva. En el Evangelio, lo humano no se define por lo que sabemos hacer, sino por cómo miramos y tratamos al otro. La vida se humaniza cuando el otro deja de ser un objeto, un medio, un obstáculo o un enemigo, y vuelve a ser un rostro, una historia, una dignidad.

Empatía, compasión y misericordia no aparecen como virtudes decorativas, sino como el núcleo mismo de lo humano. No se trata solo de comprender intelectualmente al otro, sino de dejarse afectar por su fragilidad y actuar en consecuencia. La humanidad no es solamente una capacidad cognitiva; es una práctica cotidiana.

Dicho de otro modo:

  • La ciencia nos explica cómo llegamos a ser humanos: mediante la cultura, el aprendizaje social y la mente compartida.
  • El humanismo —y en este caso Lucas— nos recuerda cómo no dejar de ser humanos: reconociendo al otro como alguien y no como algo.

Tal vez ahí esté una síntesis fértil:
somos una especie capaz de transmitir conocimiento, pero solo nos realizamos plenamente cuando también transmitimos humanidad. La cultura nos dio herramientas para transformar el mundo; la misericordia nos enseña para qué vale la pena transformarlo.

Y quizá, en tiempos donde la tecnología acelera todo —también nuestras capacidades de poder—, esta doble pregunta vuelve a ser urgente: no solo qué podemos hacer como humanos, sino quiénes queremos ser mientras lo hacemos.

 

 


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