(Literatura digital)
La pregunta
parece simple, casi infantil. Y, sin embargo, cuando uno la toma en serio, abre
un campo inmenso: biología, cultura, lenguaje, moral, historia, espiritualidad.
No somos solamente un organismo más en la escala evolutiva, pero tampoco somos
una excepción mágica fuera de la naturaleza. Somos, más bien, una extraña
combinación de herencia biológica, transmisión cultural y construcción de
sentido.
Un texto
reciente que leí propone una respuesta interesante desde dos perspectivas
complementarias. Por un lado, la mirada científica de autores como Mark Pagel y
Michael Gazzaniga; por otro, la mirada humanista del Evangelio de Lucas. Ambas
parecen hablar idiomas distintos, pero en realidad se necesitan mutuamente.
Desde el punto
de vista evolutivo, la tesis es clara: la cultura nos hizo humanos. Cultura
no entendida como arte o refinamiento, sino como algo mucho más elemental y
poderoso: la capacidad de transmitir conocimientos, habilidades y tecnologías
entre personas y generaciones. A diferencia de otros animales, los humanos no
empezamos cada vida desde cero. Heredamos una memoria colectiva: herramientas,
lenguajes, prácticas, normas, saberes. Vivimos apoyados en lo que otros ya
descubrieron antes.
Esta
transmisión cultural se sostiene sobre dos grandes pilares.
El primero es
el aprendizaje social: la capacidad de observar, imitar, corregir y
perfeccionar lo que hacen los demás. No solo copiamos gestos o conductas
simples; copiamos técnicas complejas, formas de organización, modos de resolver
problemas. Cada generación no repite la historia: la continúa.
El segundo
pilar es la teoría de la mente: la capacidad de atribuir al otro una
vida interior. Entendemos que el otro tiene intenciones, deseos, miedos,
creencias. Esta capacidad nos permite cooperar, confiar, enseñar, anticipar
conductas, construir vínculos duraderos. Sin ella no habría sociedad
propiamente dicha, sino apenas convivencia biológica.
Estos dos
mecanismos explican por qué la especie humana desarrolló una cultura
acumulativa, expansiva, creativa. Desde esta mirada, lo humano se define por
una arquitectura cognitiva que hace posible la transmisión simbólica y la
cooperación compleja.
Pero aquí
aparece una pregunta incómoda:
¿alcanza con esto para decir que somos verdaderamente humanos?
La historia
muestra que una cultura altamente desarrollada puede coexistir con la
violencia, la exclusión, la crueldad, la deshumanización. Podemos transmitir
técnicas sin transmitir humanidad. Podemos educar sin formar personas. Podemos
ser eficientes sin ser justos.
Es aquí donde
la mirada de Lucas introduce otra dimensión decisiva. En el Evangelio, lo
humano no se define por lo que sabemos hacer, sino por cómo miramos y
tratamos al otro. La vida se humaniza cuando el otro deja de ser un objeto,
un medio, un obstáculo o un enemigo, y vuelve a ser un rostro, una historia,
una dignidad.
Empatía,
compasión y misericordia no aparecen como virtudes decorativas, sino como el
núcleo mismo de lo humano. No se trata solo de comprender intelectualmente al
otro, sino de dejarse afectar por su fragilidad y actuar en consecuencia. La
humanidad no es solamente una capacidad cognitiva; es una práctica cotidiana.
Dicho de otro modo:
- La ciencia
nos explica cómo llegamos a ser humanos: mediante la cultura, el
aprendizaje social y la mente compartida.
- El
humanismo —y en este caso Lucas— nos recuerda cómo no dejar de ser
humanos: reconociendo al otro como alguien y no como algo.
Tal vez ahí
esté una síntesis fértil:
somos una especie capaz de transmitir conocimiento, pero solo nos realizamos
plenamente cuando también transmitimos humanidad. La cultura nos dio
herramientas para transformar el mundo; la misericordia nos enseña para qué
vale la pena transformarlo.
Y quizá, en
tiempos donde la tecnología acelera todo —también nuestras capacidades de
poder—, esta doble pregunta vuelve a ser urgente: no solo qué podemos hacer
como humanos, sino quiénes queremos ser mientras lo hacemos.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario