(Literatura digital)
La pintora
Paula Modersohn-Becker afirmaba: “Emplear la observación más atenta al
buscar la máxima simplicidad es la fuente de toda grandeza.”
La frase encierra una paradoja fecunda: la verdadera simplicidad no nace de mirar
poco, sino de mirar mucho.
En el arte
—como en el conocimiento— no basta con ver; hay que aprender a observar.
Observar es demorarse, suspender automatismos, desconfiar de las primeras
impresiones y volver a mirar aquello que creemos conocer. Es un acto activo,
casi ético: implica aceptar que la realidad siempre tiene más capas de las que
nuestra percepción apresurada capta.
La simplicidad
que Modersohn-Becker propone no es pobreza expresiva ni reducción ingenua. Es
depuración. Es el resultado de quitar lo accesorio, lo ornamental, lo
redundante, hasta que solo permanezca aquello que sostiene el sentido. La
simplicidad auténtica no empobrece: concentra.
En este punto,
el arte se hermana con la ciencia y con la clínica. Un buen diagnóstico no
surge de acumular datos sin jerarquía, sino de una observación fina capaz de
distinguir lo relevante de lo irrelevante. Una buena teoría no es la que
explica todo con muchas variables, sino la que logra explicar mucho con pocas,
bien elegidas. La elegancia intelectual, como la belleza artística, suele
manifestarse como economía de medios.
La grandeza
aparece cuando esa depuración no vacía la obra, sino que la densifica. Cuando
una forma simple logra contener una experiencia compleja, una emoción profunda
o una verdad silenciosa. Lo simple, entonces, no es lo superficial, sino lo
esencial.
Tal vez por eso
la abstracción, lejos de ser un alejamiento de la realidad, puede ser entendida
como una destilación extrema de lo observado: un intento de conservar la
estructura íntima de la experiencia sin el peso de sus apariencias
accidentales.
La frase de
Modersohn-Becker también interpela nuestra manera de vivir y de pensar en un
mundo saturado de estímulos, información y ruido. Aprender a mirar mejor para
necesitar menos. Afinar la percepción para poder simplificar sin banalizar.
Encontrar, en medio de la complejidad, una forma clara que no traicione la
profundidad.
En definitiva,
la grandeza —en el arte, en el pensamiento, en la vida— no suele nacer de
agregar, sino de saber qué quitar sin perder verdad.
Fuente
inicial:
Wolf-Dieter
Dube. “Los expresionistas”. Barcelona. Colección 'El mundo del arte'. Ediciones
Destino 1997


No hay comentarios.:
Publicar un comentario