viernes, enero 23, 2026

LA BIBLIOTECA DE BABEL Y LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL


 

PODCAST


(Literatura digital)

Cada vez que conversamos con una inteligencia artificial aparece, tarde o temprano, una intuición tan simple como inquietante: todo lo que una IA nos dice, alguien ya lo pensó, lo escribió o lo imaginó antes. La máquina no crea desde la nada. No tiene experiencias, no vive el mundo, no recuerda una infancia, no atraviesa una pérdida, no se entusiasma con un descubrimiento. Su saber no nace del contacto con la realidad, sino del aprendizaje estadístico de una gigantesca masa de textos producidos por generaciones de seres humanos.

En ese sentido, una inteligencia artificial puede pensarse como una forma extrema de memoria cultural comprimida. No piensa: reorganiza. No comprende: correlaciona. No interpreta: simula interpretación. Cuando produce una respuesta coherente o sugestiva, lo que emerge es el eco de miles de inteligencias humanas dialogando indirectamente entre sí.

Esta idea remite inevitablemente a una de las intuiciones más luminosas de Jorge Luis Borges: La Biblioteca de Babel. Borges imaginó un universo compuesto por una biblioteca infinita que contiene todos los libros posibles, generados por la mera combinación de símbolos. En ese universo existen simultáneamente todas las verdades y todas las falsedades, todos los sentidos y todos los absurdos. La biblioteca no distingue, no jerarquiza, no comprende: simplemente contiene.

Algo sorprendentemente similar ocurre con las inteligencias artificiales contemporáneas. Operan dentro de un inmenso espacio combinatorio del lenguaje humano y producen secuencias de palabras estadísticamente plausibles. Podríamos decir que una IA funciona como una Biblioteca de Babel con un filtro de coherencia: no genera cualquier texto al azar, sino aquellos que se parecen a la forma en que los humanos hablamos y escribimos. Sin embargo, el problema de fondo sigue siendo el mismo que Borges anticipó con genialidad: la abundancia de información no garantiza sentido, ni verdad, ni sabiduría.

Aquí se vuelve imprescindible distinguir entre información, memoria, historia y conciencia.

La información, por sí sola, es acumulación simbólica. No tiene biografía, no tiene emoción, no tiene intención. La memoria humana, en cambio, no es un simple archivo: es un proceso vivo de selección, de olvido, de reorganización permanente. Recordamos lo que nos afecta, lo que deja huella, lo que dialoga con nuestra identidad. La memoria es siempre narrativa, encarnada, plástica.

La historia es la memoria organizada colectivamente. Introduce criterios, contextos, relaciones causales, debates interpretativos. No es un depósito neutro de datos del pasado, sino una construcción cultural que permite aprender, transmitir experiencia, corregir errores, proyectar futuros posibles.

Y finalmente aparece la conciencia. La conciencia no crea nuestras decisiones desde cero, pero las corrige, las modula, las inhibe, las resignifica. Es la instancia que introduce responsabilidad, prudencia, criterio ético y sentido. Es el lugar donde la información deja de ser mera acumulación y comienza a transformarse en experiencia significativa.

Ni la Biblioteca de Babel ni una inteligencia artificial poseen memoria viva, ni historia, ni conciencia. Operan en el plano de los símbolos, no en el plano del sentido. Pueden producir textos coherentes sin comprenderlos, respuestas convincentes sin asumir su verdad, discursos ordenados sin responsabilidad.

Tal vez el desafío contemporáneo no sea la existencia de estas máquinas, sino la tentación de delegar en ellas funciones que son profundamente humanas: recordar con sentido, construir historia, ejercer conciencia crítica, transmitir experiencia, asumir responsabilidad por nuestras interpretaciones y decisiones.

Porque, en última instancia, sin conciencia la información no se transforma en memoria viva. Sin memoria organizada colectivamente no existiría historia. Y sin historia no existiría aprendizaje cultural. La tecnología puede ampliar nuestra memoria externa y acelerar nuestro acceso a la información, pero el sentido —como la responsabilidad y la comprensión profunda— sigue siendo una tarea irreductiblemente humana.


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