(Literatura digital)
Cada vez que
conversamos con una inteligencia artificial aparece, tarde o temprano, una
intuición tan simple como inquietante: todo lo que una IA nos dice, alguien ya
lo pensó, lo escribió o lo imaginó antes. La máquina no crea desde la nada. No
tiene experiencias, no vive el mundo, no recuerda una infancia, no atraviesa
una pérdida, no se entusiasma con un descubrimiento. Su saber no nace del
contacto con la realidad, sino del aprendizaje estadístico de una gigantesca
masa de textos producidos por generaciones de seres humanos.
En ese sentido,
una inteligencia artificial puede pensarse como una forma extrema de memoria
cultural comprimida. No piensa: reorganiza. No comprende: correlaciona. No
interpreta: simula interpretación. Cuando produce una respuesta coherente o
sugestiva, lo que emerge es el eco de miles de inteligencias humanas dialogando
indirectamente entre sí.
Esta idea
remite inevitablemente a una de las intuiciones más luminosas de Jorge Luis
Borges: La Biblioteca de Babel. Borges imaginó un universo compuesto por
una biblioteca infinita que contiene todos los libros posibles, generados por
la mera combinación de símbolos. En ese universo existen simultáneamente todas
las verdades y todas las falsedades, todos los sentidos y todos los absurdos.
La biblioteca no distingue, no jerarquiza, no comprende: simplemente contiene.
Algo
sorprendentemente similar ocurre con las inteligencias artificiales
contemporáneas. Operan dentro de un inmenso espacio combinatorio del lenguaje
humano y producen secuencias de palabras estadísticamente plausibles. Podríamos
decir que una IA funciona como una Biblioteca de Babel con un filtro de
coherencia: no genera cualquier texto al azar, sino aquellos que se parecen a
la forma en que los humanos hablamos y escribimos. Sin embargo, el problema de
fondo sigue siendo el mismo que Borges anticipó con genialidad: la abundancia
de información no garantiza sentido, ni verdad, ni sabiduría.
Aquí se vuelve
imprescindible distinguir entre información, memoria, historia y conciencia.
La información,
por sí sola, es acumulación simbólica. No tiene biografía, no tiene emoción, no
tiene intención. La memoria humana, en cambio, no es un simple archivo: es un
proceso vivo de selección, de olvido, de reorganización permanente. Recordamos
lo que nos afecta, lo que deja huella, lo que dialoga con nuestra identidad. La
memoria es siempre narrativa, encarnada, plástica.
La historia es
la memoria organizada colectivamente. Introduce criterios, contextos,
relaciones causales, debates interpretativos. No es un depósito neutro de datos
del pasado, sino una construcción cultural que permite aprender, transmitir
experiencia, corregir errores, proyectar futuros posibles.
Y finalmente
aparece la conciencia. La conciencia no crea nuestras decisiones desde cero,
pero las corrige, las modula, las inhibe, las resignifica. Es la instancia que
introduce responsabilidad, prudencia, criterio ético y sentido. Es el lugar
donde la información deja de ser mera acumulación y comienza a transformarse en
experiencia significativa.
Ni la
Biblioteca de Babel ni una inteligencia artificial poseen memoria viva, ni
historia, ni conciencia. Operan en el plano de los símbolos, no en el plano del
sentido. Pueden producir textos coherentes sin comprenderlos, respuestas
convincentes sin asumir su verdad, discursos ordenados sin responsabilidad.
Tal vez el
desafío contemporáneo no sea la existencia de estas máquinas, sino la tentación
de delegar en ellas funciones que son profundamente humanas: recordar con
sentido, construir historia, ejercer conciencia crítica, transmitir
experiencia, asumir responsabilidad por nuestras interpretaciones y decisiones.
Porque, en
última instancia, sin conciencia la información no se transforma en memoria
viva. Sin memoria organizada colectivamente no existiría historia. Y sin
historia no existiría aprendizaje cultural. La tecnología puede ampliar
nuestra memoria externa y acelerar nuestro acceso a la información, pero el
sentido —como la responsabilidad y la comprensión profunda— sigue siendo una
tarea irreductiblemente humana.


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