(Literatura digital)
Uno de esos
días de vacaciones de enero —cuando el cuerpo empieza a pedir una pausa y el
viento parece conspirar contra cualquier plan— decidí no ir a la playa. El
resto de la familia fue igual. Yo me quedé solo en el departamento, con la
intención modesta y profundamente humana de regalarme una siesta.
Ya acostado, en
ese estado intermedio entre la vigilia y el sueño, escuché el sonido breve y
metálico de un mensaje que ingresaba al celular. Miré la pantalla: era Santi,
mi nieto, de ocho años, a punto de cumplir nueve.
Eran las 15:40.
Un horario sin épica, pero que terminaría cargándose de sentido. Me había
enviado un enlace de YouTube El título decía: “Así jugaba tu abuelo”.
Lo abrí.
Aparecieron jugadas de fútbol: regates, pases, controles, tiros, defensas. Y,
como no podía faltar, unos segundos de Maradona desplegando su milagro
cotidiano. Decenas de nietos comentaban con orgullo las destrezas futboleras de
sus abuelos. Sonreí. No tanto por el fútbol, sino por la escena invisible que
ese video revelaba: nietos buscando en la memoria familiar una continuidad, una
pertenencia, una herencia afectiva.
Le respondí con
una risa escrita:
—“Jajajá… Hola Santi, ¿te puedo llamar?”
Minutos después
apareció su cara en la pantalla. Conversamos de lo cotidiano, de lo que cada
uno estaba haciendo, del video, de las vacaciones. Hablamos también de su
próximo cumpleaños. Le pregunté qué le gustaría que le regaláramos. Me
respondió sin vacilar:
—“Un Beagle”.
Le pregunté qué
era exactamente. Me dijo:
—“Esperá, abuelo”.
En segundos
apareció en mi celular la imagen de un perro buscada en Google. Todo sucedía
con una naturalidad absoluta: hablar, buscar, enviar, mostrar, compartir. Para
él no había transición entre el mundo físico y el digital; era un mismo
territorio continuo. Para mí, en cambio, cada uno de esos gestos conservaba
todavía algo de asombro.
Nos despedimos
diciéndonos, como siempre, que nos extrañábamos. Corté la llamada y me quedé
unos instantes en silencio. Pensé que no haber ido a la playa había sido, sin
saberlo, una pequeña decisión afortunada. Veinte minutos de conversación con un
nieto pueden valer más que cualquier paisaje.
Pero lo
interesante empezó después. Veinticuatro horas más tarde seguía pensando en esa
escena mínima: un mensaje, un video, una videollamada, una imagen enviada en
segundos. Nada extraordinario. Y, sin embargo, profundamente revelador.
Primero, el
gesto afectivo. Santi no me escribió para pedirme nada, ni por obligación, ni
por rutina. Me escribió porque algo lo conmovió y lo conectó conmigo. La
tecnología no creó ese vínculo; simplemente lo hizo visible, lo aceleró, lo
amplificó. El impulso fue humano, antiguo, casi biológico: compartir con
alguien querido aquello que nos despierta una emoción.
Segundo, la
competencia natural con la tecnología. Los niños de hoy no “aprenden”
tecnología: habitan en ella. Así como mi generación aprendió a leer el mundo en
libros, conversaciones y gestos, ellos lo leen en pantallas, imágenes,
hipervínculos y flujos de información. No es solo un cambio de herramienta; es
un cambio de ecología cognitiva. Cambia la velocidad, la forma de atención, la
manera de construir sentido.
Y, sin embargo
—y esto me resulta tranquilizador—, lo esencial permanece. Detrás de la
pantalla sigue habiendo un niño que busca reconocimiento, afecto, presencia.
Detrás del abuelo sigue habiendo alguien que se emociona, se sorprende,
agradece.
Hay algo más
profundo todavía: estos pequeños intercambios construyen memoria viva. No son
datos almacenados en un dispositivo; son experiencias que se inscriben en la
biografía emocional. Algún día, quizá sin saber por qué, Santi recordará que
una tarde le mandó un video a su abuelo, hablaron de fútbol, de un perro
llamado Beagle y de un cumpleaños que se acercaba. Así se teje la historia
personal: no con grandes acontecimientos, sino con escenas aparentemente
insignificantes que el afecto vuelve memorables.
Como abuelo,
tengo además el privilegio de ser testigo de una transición cultural acelerada.
Vivo en carne propia el cruce entre dos mundos: el analógico y el digital, la
lentitud y la inmediatez, la espera y el clic. No lo observo desde un
laboratorio ni desde una teoría, sino desde una videollamada inesperada en
medio de una siesta.
Quizá por eso
agradezco tanto estos momentos. Porque me recuerdan que, aun en medio de
transformaciones tecnológicas vertiginosas, lo humano sigue siendo
sorprendentemente estable: el deseo de vincularnos, de ser recordados, de dejar
una huella afectiva en quienes amamos.
Y tal vez, sin
saberlo, eso sea también una forma silenciosa de construir futuro.





No hay comentarios.:
Publicar un comentario