(Literatura digital)
🎵 Cuando la
melodía hablaba primero
Pertenezco a
una generación que aprendió a escuchar música de otra manera. No mejor ni peor.
Distinta. Y con el paso del tiempo, mirando a los jóvenes de hoy —a mis hijos, a
mis nietos — me fue creciendo una impresión: en mi juventud, la melodía de una
canción era lo más trascendental, lo más emocional, lo que primero nos
atravesaba. Hoy, en cambio, pareciera que son las letras las que llegan más
fuerte, incluso más que la melodía.
Por supuesto, sin desmerecer nunca que una canción es siempre la conjunción
viva de ambos elementos.
Cuando era
joven, la música se vivía en el cuerpo antes que en las palabras. Se escuchaba
en una radio encendida en la casa, en un tocadiscos, en un baile, en una
reunión con amigos. La melodía entraba primero: el ritmo que invitaba a
moverse, el estribillo que se tarareaba sin pensar, una armonía que despertaba
una emoción difícil de explicar con palabras. Muchas veces ni siquiera entendíamos
con claridad la letra —por el idioma, por la calidad del sonido, por la
dicción— y sin embargo la canción nos conmovía igual. La emoción era física,
casi visceral, anterior al lenguaje.
La melodía
tiene algo profundamente biológico. El cerebro responde al ritmo, a la altura
de los sonidos, a las tensiones y resoluciones armónicas de un modo muy
primitivo. Antes de comprender un significado, el cuerpo ya reaccionó: aparece
la piel de gallina, una nostalgia inexplicable, una alegría súbita, un impulso de
movimiento. La música, en ese sentido, toca capas muy antiguas de nuestra
organización neurológica y emocional. No necesita traducción.
La letra, en
cambio, opera por otro canal: el del sentido, el relato, la identificación. Nos
conmueve porque nos vemos reflejados en una historia, en una frase, en una
idea. Es una emoción más cognitiva, más narrativa, más ligada a nuestra
biografía y a nuestra forma de pensar. Ambas dimensiones conviven, pero no son
equivalentes.
Tengo la
sensación de que en mi generación la puerta de entrada era principalmente
sonora, musical, corporal. La letra acompañaba, enriquecía, pero no siempre era
lo central. Hoy pareciera suceder algo distinto.
Las nuevas
generaciones escuchan música en un contexto radicalmente diferente. La canción
ya no es solo sonido: es también texto visible, compartible, citable. Las
letras están a un clic, aparecen en pantalla, se fragmentan en redes sociales,
se convierten en frases que se postean, se subrayan, se usan para decir quién
soy, qué siento, qué pienso. La música se volvió también un lenguaje
identitario.
Además, muchos
géneros actuales ponen deliberadamente la palabra en primer plano. El relato
personal, la confesión, la denuncia, la afirmación de identidad ocupan un lugar
central. La base musical a veces se simplifica para que la voz y el mensaje
destaquen. El oyente ya no solo “siente” la canción: la interpreta, la adopta,
la usa como espejo.
También cambió
el modo de escuchar. Hoy se escucha en auriculares, en soledad, en repetición
constante, en listas personalizadas. La experiencia es más íntima, más
introspectiva. La letra dialoga directamente con la subjetividad. La melodía
sigue emocionando, pero la palabra nombra, organiza y legitima esa emoción.
No creo que la
melodía haya perdido su poder. Sigue siendo el canal más directo hacia el
sistema emocional profundo. Pero tal vez hoy queda más silenciosa, menos
explícita en el discurso cultural. En cambio, la letra ganó visibilidad,
protagonismo, circulación social.
Podríamos decir
que antes la música nos llevaba primero por el cuerpo y después por el
pensamiento; hoy muchas veces entra primero por el sentido y luego por la
emoción sonora. No es una inversión absoluta, sino un corrimiento del énfasis.
Esta reflexión
no es nostalgia ni juicio de valor. Es simplemente el reconocimiento de que las
formas de sensibilidad también evolucionan, del mismo modo que evolucionan las
tecnologías, los vínculos, las maneras de aprender y de comunicarnos. La música
sigue siendo una de las expresiones más poderosas de lo humano, porque sigue
conectando emoción, memoria, identidad y tiempo.
Tal vez, en el
fondo, cada generación escucha con los oídos que su época le construyó. Y la
música, como toda gran creación cultural, se adapta sin perder su misterio
esencial: ese extraño poder de tocarnos donde las palabras todavía no llegan… o
donde, justamente, empiezan a llegar.
Tal vez por eso
la música contemporánea se ha transformado en un extraordinario medio para
narrar historias e identidades. Allí donde antes predominaba la emoción sonora
que nos unía corporalmente en un mismo espacio, hoy aparece una música que
permite decir quién soy, qué me duele, qué deseo, a qué tribu pertenezco. No es
una pérdida: es una metamorfosis cultural. Cada época le pide a la música aquello
que necesita expresar. Y nuestra época, atravesada por la búsqueda permanente
de identidad, encontró en la canción un espejo narrativo privilegiado.
Cuando Bob
Dylan recibió el Premio Nobel de Literatura en 2016, algo de esta intuición
generacional adquiría una confirmación casi institucional. La Academia Sueca
justificó el premio señalando que había “creado nuevas expresiones poéticas
dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. No se trataba
solamente de premiar a un gran músico, sino de reconocer que la canción podía
ser también literatura, pensamiento, narrativa del mundo. Ese acontecimiento
marcó, a mi entender, un punto de inflexión cultural: la música dejaba de ser
vista exclusivamente como experiencia sonora para ser reconocida como un
lenguaje capaz de construir relatos, identidades y memoria colectiva.


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