jueves, enero 22, 2026

UNA REFLEXIÓN GENERACIONAL SOBRE LA MÚSICA



PODCAST


(Literatura digital)

🎵 Cuando la melodía hablaba primero

Pertenezco a una generación que aprendió a escuchar música de otra manera. No mejor ni peor. Distinta. Y con el paso del tiempo, mirando a los jóvenes de hoy —a mis hijos, a mis nietos — me fue creciendo una impresión: en mi juventud, la melodía de una canción era lo más trascendental, lo más emocional, lo que primero nos atravesaba. Hoy, en cambio, pareciera que son las letras las que llegan más fuerte, incluso más que la melodía.
Por supuesto, sin desmerecer nunca que una canción es siempre la conjunción viva de ambos elementos.

Cuando era joven, la música se vivía en el cuerpo antes que en las palabras. Se escuchaba en una radio encendida en la casa, en un tocadiscos, en un baile, en una reunión con amigos. La melodía entraba primero: el ritmo que invitaba a moverse, el estribillo que se tarareaba sin pensar, una armonía que despertaba una emoción difícil de explicar con palabras. Muchas veces ni siquiera entendíamos con claridad la letra —por el idioma, por la calidad del sonido, por la dicción— y sin embargo la canción nos conmovía igual. La emoción era física, casi visceral, anterior al lenguaje.

La melodía tiene algo profundamente biológico. El cerebro responde al ritmo, a la altura de los sonidos, a las tensiones y resoluciones armónicas de un modo muy primitivo. Antes de comprender un significado, el cuerpo ya reaccionó: aparece la piel de gallina, una nostalgia inexplicable, una alegría súbita, un impulso de movimiento. La música, en ese sentido, toca capas muy antiguas de nuestra organización neurológica y emocional. No necesita traducción.

La letra, en cambio, opera por otro canal: el del sentido, el relato, la identificación. Nos conmueve porque nos vemos reflejados en una historia, en una frase, en una idea. Es una emoción más cognitiva, más narrativa, más ligada a nuestra biografía y a nuestra forma de pensar. Ambas dimensiones conviven, pero no son equivalentes.

Tengo la sensación de que en mi generación la puerta de entrada era principalmente sonora, musical, corporal. La letra acompañaba, enriquecía, pero no siempre era lo central. Hoy pareciera suceder algo distinto.

Las nuevas generaciones escuchan música en un contexto radicalmente diferente. La canción ya no es solo sonido: es también texto visible, compartible, citable. Las letras están a un clic, aparecen en pantalla, se fragmentan en redes sociales, se convierten en frases que se postean, se subrayan, se usan para decir quién soy, qué siento, qué pienso. La música se volvió también un lenguaje identitario.

Además, muchos géneros actuales ponen deliberadamente la palabra en primer plano. El relato personal, la confesión, la denuncia, la afirmación de identidad ocupan un lugar central. La base musical a veces se simplifica para que la voz y el mensaje destaquen. El oyente ya no solo “siente” la canción: la interpreta, la adopta, la usa como espejo.

También cambió el modo de escuchar. Hoy se escucha en auriculares, en soledad, en repetición constante, en listas personalizadas. La experiencia es más íntima, más introspectiva. La letra dialoga directamente con la subjetividad. La melodía sigue emocionando, pero la palabra nombra, organiza y legitima esa emoción.

No creo que la melodía haya perdido su poder. Sigue siendo el canal más directo hacia el sistema emocional profundo. Pero tal vez hoy queda más silenciosa, menos explícita en el discurso cultural. En cambio, la letra ganó visibilidad, protagonismo, circulación social.

Podríamos decir que antes la música nos llevaba primero por el cuerpo y después por el pensamiento; hoy muchas veces entra primero por el sentido y luego por la emoción sonora. No es una inversión absoluta, sino un corrimiento del énfasis.

Esta reflexión no es nostalgia ni juicio de valor. Es simplemente el reconocimiento de que las formas de sensibilidad también evolucionan, del mismo modo que evolucionan las tecnologías, los vínculos, las maneras de aprender y de comunicarnos. La música sigue siendo una de las expresiones más poderosas de lo humano, porque sigue conectando emoción, memoria, identidad y tiempo.

Tal vez, en el fondo, cada generación escucha con los oídos que su época le construyó. Y la música, como toda gran creación cultural, se adapta sin perder su misterio esencial: ese extraño poder de tocarnos donde las palabras todavía no llegan… o donde, justamente, empiezan a llegar.

Tal vez por eso la música contemporánea se ha transformado en un extraordinario medio para narrar historias e identidades. Allí donde antes predominaba la emoción sonora que nos unía corporalmente en un mismo espacio, hoy aparece una música que permite decir quién soy, qué me duele, qué deseo, a qué tribu pertenezco. No es una pérdida: es una metamorfosis cultural. Cada época le pide a la música aquello que necesita expresar. Y nuestra época, atravesada por la búsqueda permanente de identidad, encontró en la canción un espejo narrativo privilegiado.

Cuando Bob Dylan recibió el Premio Nobel de Literatura en 2016, algo de esta intuición generacional adquiría una confirmación casi institucional. La Academia Sueca justificó el premio señalando que había “creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. No se trataba solamente de premiar a un gran músico, sino de reconocer que la canción podía ser también literatura, pensamiento, narrativa del mundo. Ese acontecimiento marcó, a mi entender, un punto de inflexión cultural: la música dejaba de ser vista exclusivamente como experiencia sonora para ser reconocida como un lenguaje capaz de construir relatos, identidades y memoria colectiva.

 

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