PODCAST
(Literatura digital)
Solemos pensar
la verdad como algo que se dice bien: una afirmación correcta, verificable,
estable. Sin embargo, tanto la ciencia como la experiencia clínica nos enseñan
otra cosa: lo que hoy consideramos verdadero mañana puede ser corregido. No
porque haya sido una mentira, sino porque el conocimiento avanza por reformulaciones.
Algo similar
ocurre con la memoria humana. No conservamos los hechos en sí, sino las reinterpretaciones
sucesivas que hacemos de ellos. Recordar no es archivar, es reconstruir. La
historia funciona del mismo modo: no guarda la verdad del acontecimiento, sino
las narraciones que se fueron sedimentando sobre él.
Desde otro
plano, Giorgio Agamben lleva esta intuición a una conclusión más
radical: no existe una historia de la verdad. La verdad no progresa ni
se acumula; aparece cada vez, entera, como experiencia. Lo que sí tiene
historia son los discursos que intentan capturarla, incluso las mentiras que se
estabilizan y se vuelven normales.
Por eso Agamben
dice que la verdad es una errancia: una forma de vida sin suelo
definitivo. Erramos por la verdad y también por la no-verdad. Incluso la
mentira, mientras se dice, mantiene un vínculo con la verdad. El verdadero
peligro aparece cuando la mentira ya no necesita hablar, cuando se vuelve silenciosa,
automática, indiscutida. Allí se extingue la errancia y, con ella, la
posibilidad de testimoniar.
El testimonio
no explica ni informa: interrumpe. No corrige la historia ni inaugura
una nueva época; introduce una pausa en el discurso dominante. En esa
interrupción mínima se abre un instante de conciencia y de libertad.
En definitiva,
lo testimonial nace de lo vivido, de la experiencia misma, y no siempre puede
decirse: cuando encuentra palabras, lo hace a riesgo de perder aquello que lo
vuelve genuino.
Fuente original: Giorgio Agamben. Cuando la casa se quema. Desde el dialecto del pensamiento. 2022


No hay comentarios.:
Publicar un comentario